Una de las primeras personas en alertar sobre el impacto que los gases del efecto invernadero tienen sobre el planeta fue Sheila Watt-Cloutier, activista de la comunidad esquimal inuit. Por eso, en las últimas horas, el secretario general de la ONU, Ban Ki-Moon, le entregó el Premio al Desarrollo Humano como reconocimiento a su lucha contra el cambio climático, problema que amenaza con devastar su comunidad natal, en la región ártica de Canadá.

Los primeros signos de anomalía en su región natal, Nunavik, situada en el tercio norte de Québec, comenzaron a registrarse hace dos décadas. A partir de ese entonces, el hielo empezó a aparecer cada vez más tarde y a derretirse más temprano, ocasionando complicaciones en el acceso a los campos de caza y limitaciones en las comunicaciones con otras poblaciones. En declaraciones recientes, Watt-Cloutier, quien forma parte de una cultura cazadora que se fundamenta en el hielo, la nieve y el frío, explicó: “Cuando se presentaron los primeros cambios nuestros cazadores lo notaron. De eso hace unos veinte años, pero en los últimos cinco los efectos se han agravado”.
En 2002, la activista fue elegida presidenta de la Conferencia Circumpolar de los Inuí, que reúne a las comunidades esquimales de Canadá, Alaska, Groenlandia y Rusia. Con ese cargo, tres años después demandó a Estados Unidos en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, debido a los daños que la contaminación causa a su cultura, que, para algunos expertos, podría extinguirse si persiste el calentamiento global.
Desde el punto de vista de Sheila Watt-Cloutier, la contaminación “no es un problema simplemente ecológico, es un problema cultural, de salud, algo muy real que afecta nuestro bienestar como pueblo”.



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